Una condena injusta y una reflexión sobre la pena de muerte
Herodoto — Sáb, 30/08/2008 - 22:01
Hace unas semanas salió de la cárcel un hombre que había pasado en ella 13 años. Ese hombre había sido condenado por violación. La prueba principal que sirvió para su condena fue que uno de los dos verdaderos violadores tenía estrabismo, defecto visual que Rafael Ricardi tuvo la desgracia de compartir. Eso y una identificación por parte de la victima de su voz (los violadores estaban encapuchados) fue considerado como prueba suficiente para condenarle a 36 años de cárcel. El que tras su detención se produjeran otras 7 violaciones similares a aquella por la que fue condenado no fue, sin embargo, considerado motivo suficiente para su excarcelación. Lo fue, 13 años más tarde, una prueba de ADN que condujo a los verdaderos violadores, estrábico incluido. Cuando salió de la cárcel dijo, sorprendentemente, que siempre había confiado en la justicia. Tal vez víctima del síndrome de Estocolmo.
Conste que yo soy contrario a la pena de muerte, por razones que explicaré en un futuro, pero hay un argumento que usan a veces quienes opinan como yo que me parece incorrecto. Algunos se oponen a esta pena porque dicen de ella que es irreversible, que la muerte no tiene vuelta atrás. Yo creo que todas las condenas, o al menos las condenas como esta, son irreversibles. El hombre que entró en la cárcel hace 13 años murió probablemente hace mucho. El que salió de ella hace poco compartirá el DNI, el ADN, y algunos recuerdos con el que entró, pero casi con seguridad no es el mismo, sino alguien distinto, con una personalidad diferente y un rencor infinito que aunque aun no está presente acabará por aflorar. Solo una persona de una entereza formidable podría aguantar una condena injusta como esa durante tanto tiempo.
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