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2 Ruido

LunaBruna — Vie, 25/08/2006 - 15:31

 

27 de Abril de 1932

**Estoy pensando seriamente en la conveniencia de dejar mis prácticas en el Instituto Anatómico Forense y aceptar la plaza de profesor adjunto en la escuela de Arqueología e Historia de Roma. No me agradan las largas horas muertas de la morgue. En su demérito la frialdad de las cámaras, a su favor el calor de las evocaciones. Sí, porque los muertos que llegan a nuestras dependencias no siempre son nublados palimpsestos sin historia, algunos llegan cargados de ensimismamientos que irrumpen nada más cepillarles las uñas.

Anoche nos llamó con urgencia la benemérita para levantar el cadáver de don Claudio Uribe, el maestro. ¡Dense prisa, por dios, esto es insoportable!, dijeron. Acudimos con premura a la Avenida de la Alameda nº 32, acuciados por la necesidad de acabar con el infernal sonido que emanada de las entrañas el difunto y que, según la nota que encontraron junto al cadáver, sólo cesaría cuando estuviera bajo tierra.

"Hay sonidos que no se engendran en la necesidad de existir, sino en la exigencia de joderle a uno la paciencia. Callaré cuando me entierren.

Claudio Uribe."

Don Claudio Uribe, el maestro, nunca se cansó de denunciar al monstruo. Cada día durante lustros se tomó tiempo para explicar a sus alumnos que, de todos los problemas que tuvieron su origen en la creación, el ruido fue el primero que hizo su aparición y el que de forma más generalizada y constante se instaló entre nosotros. Fluyó arrítmico pero sin pausas, inarticulado y confuso, pertinaz y cambiante. Llegó a estar tan presente que nos perdimos en su ignorancia.

Don Claudio insistía en explicar el mundo en función de miríadas de larvas aéreas, acuáticas y subterráneas, cavando con meticulosa persistencia diminutos canalillos invisibles destinados a la transmisión del sonido, con la única finalidad de abundar en la locura.

Cada tarde y puntualmente, apenas la alharaca del patio de la escuela terminaba y el último niño golpeando un balón se alejaba por la alameda dejando tras de sí ruido de cristales rotos; se acercaba al cuartelillo a denunciar ante la Guardia civil los fenómenos del día. Apremiaba al cabo para que tomara nota, -¡escriba, escriba!- y pausadamente denunciaba al trueno, al aullido de la bestia, al golpeteo de las olas y al fragor de los volcanes. Condenaba los sonidos naturales y disculpaba al hombre, nómada errático de una creación desafortunada. Nunca reprochó al niño por romper el cristal con el balón, nunca censuró al cristal por existir ni a la pelota por botar. Pero abominaba gentilmente de Dios, que instauró el ruido.

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