Panotii, pueblo mítico de orejones


1.-Panotii del manuscrito Cotton MS Tiberius, Inglaterra, c.1025-1050
2.-Panotii del manuscrito Cotton MN Vitellius, Inglaterra, c.1000

 

Uno de los más sorprendentes e interesantes pueblos monstruosos del que hablaron los autores griegos, fue el de los orejones, conocidos comunmente como panacios, panotti, panotos, panotios (y más), nombre que significaba “todo orejas" y que recibieron por estar dotados de gigantescos pabellones auditivos en los que se envolvían para abrigarse y para dormir.

Probablemente nunca hubiéramos conocido bien a los panotii si Photius, patriarca de Constantinopla que vivió en el siglo IX d. C, no hubiera compendiado una importante colección de citas de autores clásicos cuyas obras originales están hoy extraviadas. El primer autor que según Photius cita a este sorprendente pueblo de hombres monstruosos, fue el aventurero Scylax de Caryande, que vivió en el siglo VI a.C. y que tropezó en la India con dos pueblo de orejones, los Otoliknoi, cuyas orejas eran grandes como abanicos, y los Enotokoitai que podían envolverse y dormir abrigados en sus enormes pabellones auditivos.

3.- Imagen dibujada junto a otras dieciseis razas monstruosas en el Folio 243 de la Biblia de Arnstein , manuscrito alemán realizado el año 1142

Photius cita también la descripción más precisa que hiciera Ctesias de Cnido en el Siglo V a.C. Ctesias se refirió a un pueblo de unas treinta mil almas al que llamó Pandae, que habitaba en las montañas de la India asegurando que sus mujeres parían una sola vez en la vida y los hijos nacían con el cabello blanco y se les iba oscureciendo con la edad, de manera que al llegar a la vejez tanto la barba como el cabello eran negros como el ébano. Aquellas gentes tenían ocho dedos en cada mano y en cada pie y sus orejas eran tan grandes que se podían cubrir con ellas la espalda y los brazos. Un dato a tener en cuenta es que la polidactilia que los autores griegos atribuyen a este pueblo no la recogieron después los autores latinos ni los medievales, que, por su parte, atribuyeron esta característica a otras razas portentosas, como los macrobii o los antípodas.

 

 

4.- Panotti de la Crónica de Nueremberg, amplia recopilación de la historia del mundo desde sus orígenes realizada por Hartman Schledel y publicada en Alemania, en el siglo XV. Esta importante obra contó con la colaboración de diversoss artistas e ilustradores de la época. Entre ellos Alberto Durero.

 

 

Aunque las referencias latinas a este pueblo son abundantes, poco se dice en ellas. Con gran variedad de nombres y distintas grafías, -phanesii, panotii, sannati, etc.- este pueblo aparece en la obra de Megasthenes, Estrabón, Plinio, Solino y Pomponio Mela. Plinio aseguró que vivían en una isla del extremo norte pero en general se les ubica en la zona continental de Escitia, una de las más salvajes regiones periféricas del norte del mundo en las que tan habituales eran las gentes extrañas, los monstruos y los prodigios. Muchos autores apenas los nombran o los describen someramente. Se cuenta que eran criaturas miedosas y esquivas; algunos, cuando se sentían acorralados, extendían la orejas como si fueran alas para impulsarse con ellas y huir a gran velocidad.

 

 

 5.- Panotii en un relieve de la Basílica de Vezalay. Francia, S.XIII

 

Ya en la Antigüedad tardía hay que destacar que autores tan importantes como San Agustín, que es el legitimador de los pueblos monstruosos al reconocerlos como humanos e hijos de Dios, no habla de los panotios. Sí lo hacen sin embargo Isidoro de Sevilla y Rabanus Maurus, y ya en la plena y tardía Edad Media, son frecuentes las referencias en catálogos teratológicos medievales, en libros de viajes y maravillas de autores como Mandeville y Odorico de Pordenone y en los mapamundis y discarios de los siglos XIII y XIV.

Después del descubrimiento de América, se vino a suponer que las razas fabulosas de oriente habitaban realmente en el nuevo continente. Varias tribus americanas que recibieron este nombre y fueron mencionadas en las crónicas con harta frecuencia. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición de Magallanes en su vuelta al mundo, cuenta que en su viaje llegaron a una isla supuestamente habitada por una raza de enanos de enormes orejas, aunque, como no pudo verlos, no quiso dar crédito a esta historia. El gobernador Diego Velasquez, ordenó a Cortés encontrar a la raza de los orejones; también Cabeza de Vaca asegura que uno de sus capitanes los encontró en una isla que llamó 'el paraíso de los orejones", y Richard Harcourd en 1613 mencionó una tribu de hombres de largas orejas que habitaban junto al rio Maroni, en la Guayana.

Con el paso del tiempo, a medida que los descubrimientos de nuevas tierras ampliaron las fronteras del mundo conocido, las razas monstruosas se fueron desplazando del centro hacia la periferia, pero siguieron sin aparecer y de esta manera, poco a poco, las leyendas se diluyeron o desaparecieron.

En el capítulo XVII de El Cándido de Voltaire aparece una curiosa e interesante alusión a los orejones. Voltaire los presentó integrando una tribu salvaje que habitaba en las selvas del alto Paraguay donde vivían martirizados por los misioneros jesuitas. Los integrantes de aquel pueblo, como buenos salvajes amazónicos, eran también caníbales, por eso, cuando confundieron al joven Cándido con uno de los odiados jesuitas, decidieron comérselo. Pero pronto comprobaron que no sólo no era jesuita sino que además estaba también huyendo de ellos, por lo que trabaron amistad y le festejaron. En esta anécdota Voltaire da rienda suelta a su anticlericalismo y mezcla irónicamente el mito de los orejones con el de los caníbales y el del buen salvaje.

Por último, apuntar que no es rara la presencia de orejones en las mitologías de otras culturas. También en el imaginario musulmán hay seres de grandes orejas, en Japón están los ‘choji’, en Melanesia los ‘dogal’; en la Persia del siglo X, el poeta Firdusi, o Firdawsi, habla en su ‘Libro del Rey’ de los pueblos de Gog y Magog y se refiere a ellos como hombres peludos con torso y orejas de elefante en las que se envuelven como si fueran mantas.

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