Los judíos estamos condenados a muerte. Un tribunal desconocido, anónimo ha declarado la Yihad eterna contra los judíos. Puede ser en Buenos Aires, en Bombay, en Estambul, en Haifa, en Burdeos, en Bulgaria. En cualquier lugar, en cualquier momento, sin motivo, por el solo hecho de ser judío, mi padre o mi sobrino, o mi amigo o mi vecino o mi compañero o mi hermano pueden volar por el aire. Es una sensación extraña que, en principio, nos separa objetivamente del resto de la Humanidad. Es una sensación difícil de transmitir a los no judíos. Una amenaza latente que enturbia la vida. No me matan por lo que hago o pienso, sino por lo que soy.Me matan por ser judío, algo que en realidad nadie elige. Podes ser un judío creyente, agnóstico o ateo, de izquierda o conservador, joven o viejo, hombre o mujer, sionista o no sionista, bueno o malo, no importa: estás condenado. Nadie escapa a esa condena: ni los que se asimilan y desprecian o ignoran su condición de judíos, ni los que la enarbolan provocativamente. No hay disfraces ni coartadas: sos judío y eso puede costarte la vida.
