Amaneció un mal día. El ardiente sol y la sequedad del aire urdieron aquel duelo tórrido. Yo los vi matarse y si me preguntas, te diré que la causa fue más el calor tremendo de un verano tremendo unido a su desatino, que la voluntad de verse muertos uno a otro.
Ni una nube, ni un charco, ni gota de agua. Solo fuego, la tierra ardía. Ellos sufrían aún más que nosotros porque llevaban a cuestas todas sus pertenencias. Era imposible no ver las costras de suciedad de ambos cuerpos bajo las mugrientas capas de ropa: abrigos sobre gabardinas, chalecos harapientos sobre mugrientas camisetas, zapatos de boca abierta colgados del hombro con los cordones anudados, alpargatas de sudor rojo y polvo de los caminos sobre calcetines acartonados. Tenían un aspecto espectral y deplorable.
Yo me senté en una piedra cerca de la fuente seca. Un hombre también cubierto de polvo se sentó a mi lado, me dijo que buscaba a sus tres hijas secuestradas por el pícaro moro que reinó en Sevilla. Otro hombre ceniciento lloraba sobre las ocho cabezas de sus siete hijos muertos y del fiel mentor que los cuidaba. Un bebé dormía colgando a la espalda de su madre. Nadie parecía feliz.
Ellos dos, los duelistas, eran hombre y mujer. Imposible imaginar su edad aunque la voz de ambos sonaba joven y tenía buen tono y timbre. Habían llegado juntos cargando andrajos y juntos se sentaron allí mismo, en el arrimadero de una ruinosa alberca.
-Pasaron las estaciones, Pancho Sancho, podaron la primavera, deshelaron el verano y el recio sol del desierto…
-¿Pancho Sancho?
-Sí, no lo tomes a mal, bien sé que eres mujer, pero lo digo así por la rima, por el verso.
-¿De qué verso y rima hablas? ¿Queda algo para beber?
-Sí, toma.
Guardaron un silencio corto e intercambiaron sus papeles de estraza. El de ella envolvía el bocadillo grasiento que compartían y el de él, la botella de la que ambos bebían a gollete sin que se viera el color del líquido que contenía.
Renegaban. El olor de la tragedia se fue solidificando. Gimió el hombre de las tres hijas; miró al cielo el de los siete hijos decapitados, la madre abrazó al bebé y lo ocultó bajo la falda. Yo me protegí tras una zarza de espinos.
Una música larga brotó de las cañas entre las piedras y dejó notas de muerte resonando en el ambiente.
-¿Pancho Sancho?- preguntó de nuevo ella.
-Es por la rima- respondió él suspirando.
Se pusieron en pie y frente a frente se miraron.
-Aléjense-, nos dijeron. Nosotros nos alejamos.
-¿Te atreves a repetirlo?
-Sancho Pancho-
Ni siquiera advirtieron que el nombre estaba dicho al revés.
Primero fueron navajas y luego fueron disparos.
Donde quedaran la sangre y los sesos desparramados, dos matorrales nacieron: del uno, lirios y rosas; del otro, clavel y nardos. En lo alto de las montañas se agrietaron los pantanos, bajó el agua a borbotones, las estepas se anegaron.
No puedes más, me dijeron, se te hace largo el verano. Duerme y descansa, duerme y descansa... cantaba el agua en el llano.
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Tengo en mente el Romancero antiguo: el Romance de las Tres cautivas, el del Conde Olinos, el de Los siete infantes de Lara;... también el calor tórrido de los cuentos de Juan Rulfo; los nardos en la poesía de Federico García Lorca; El extranjero de Camús y supongo que más, vaya, seguro. Mucho más.
